El Departamento de Beni está al noreste de Bolivia y forma frontera con Brasil, delimitada por los rios Mamoré e Iténez (Guaporé en Brasil). Tiene ocho provincias y la situada más al norte es la provincia de Antonio Vaca Díez, cuya capital es Riberalta y donde se encuentra Guayaramerín. La capital del Departamento es Trinidad, que pertenece a la provincia de Cercado.
Guayaramerín y Trinidad están unidas por la Ruta 9 que discurre desde Yacuiba en la frontera con Argentina hasta Guayaramerín.
Entre Guayaramerín y Trinidad hay 598 km que al ser la carretera de tierra se tarda entre 10 a 12 horas en recorrerlos.
Hay autobuses que hacen el recorrido y un servicio de taxis, como lo llaman aquí, que se realiza con vehículos monovolumen de siete plazas y que lo presta uno de los muchos sindicatos de transportistas que hay, en este caso el Sindicato 22 de Septiembre. Teóricamente este medio de transporte es más rápido tardando un par de horas menos que el autobús o flota en denominación boliviana. El billete es algo más caro en este caso y los vehículos son los Toyota NOAH que ya conocí cuando me desplacé de Trinidad a Rurrenabaque.
El recorrido atraviesa una región de pampa inundable muy degradada desde el punto de vista medioambiental pues se ha sustituído la pampa por terreno dedicado a prados para dedicarlos a la cría de ganado vacuno. Las islas de vegetación arbórea subtropical van siendo también arrasadas y la vista de áreas quemadas o ardiendo es frecuente como también lo es ver los troncos de tamaño mediano que no son maderables, apiñados en las orillas de la carretera.
El servicio de taxis funciona por “llenado”, es decir que la Noah sale cuando los siete asientos están completos; si esto ocurre el día anterior a la partida se puede salir entre las 8 a 9 de la mañana, el tiempo justo para cargar la paquetería en la baca. De no ser así hay que esperar a que se complete el pasaje, lo que ocurre temprano en la mañana pero no tanto como en el primer caso. A mi me llamaron por teléfono a las 8 a.m. diciéndome que acudiera a la “central” que ya estaba todo el pasaje completo; me apresuré en llegar pero resulto en vano porque una de las viajeras llegó a las nueve y media por lo que la partida la hicimos una hora después.
Aún no le habíamos pillado el hueco al asiento cuando hicimos una parada para el almuerzo, con la queja de alguno de los viajeros porque, decían, a este paso no vamos a llega nunca. El conductor se excusó diciendo que sólo serían veinte minutos que en realidad se convirtieron en cuarenta y cinco.
El chiringuito de la parada es muy rudimentario pero la comida estaba gustosa: pollo o pescado con guarnición estándar...arroz, yuca y plátano frito.
El paisaje seguía siendo el mismo con grandes haciendas dedicadas a la cría de vacuno. La raza original, llamada criolla por ser la que introdujimos los españoles, está siendo sustituida por otras que se adaptan mejor a las condiciones climáticas y que tienen un rendimiento mayor, parece que la raza nelore se va imponiendo por su capacidad de adaptación, el mayor rendimiento cárnico, la facilidad de parto y buena ganancia de peso.
Sobre las tres y media llegábamos a Puerto Siles donde en una barcaza cruzamos el río Mamoré desde la margen izquierda. La población total del municipio es de mil y pocos habitantes pero al estar dispersa la población, el núcleo urbano es pequeño.
Llevábamos ya algún retraso según los compañeros de viaje que habían calculado llegar a Trinidad antes de lo que lo íbamos a hacer. Entrábamos a San Joaquín cayendo la tarde y había que entregar allí el colchón que levábamos en la baca.
El conductor llamó al teléfono que tenía en el albarán pero no contestaban y hasta que dio con el paradero de la destinataria transcurrió una hora haciéndose cargo del mismo un sobrino.
Saliendo de San Joaquín oscureció (en esta latitud el ocaso es muy breve) y el resto del viaje lo hicimos de noche. A partir del siguiente pueblo, San Ramón, una niebla inundaba la carretera y aquí había ya un tráfico intenso de vehículos pesados que dejaban una nube de polvo a su paso que unida a la bruma no dejaban ver nada en absoluto; el conductor no aminoraba la velocidad y no protesté porque el resto de viajeros no lo hizo supongo que por lo costumbrados a estas situaciones, pero a mí me parecía un viaje suicida. Cuando llegamos a San Pedro, a 150 km., la niebla desapareció y yo le dí gracias al Santo por habernos permitido llegar sin incidentes; aún nos quedaban sesenta kilómetros a Trinidad, que recorrimos en una hora.










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