Así se llama oficialmente Trinidad y así es como aparece en el membrete de los documentos oficiales y escritos institucionales. Es la capital del Departamento del Beni.
La población ronda los 120.000 habitantes, pero muy esparcidos porque apenas hay edificios altos, siendo la mayoría de dos alturas, tres a lo sumo.
De las ciudades de la selva que he conocido ésta es la más
destartalada pero llena de vitalidad. Hoy está todo el día lloviendo y la gente
no deja de hacer su vida con aparente normalidad. El tráfico es
fundamentalmente de motos y abundan los mototaxis. Es una “delicia” ir en moto
mientras llueve; el cuerpo te lo protege el chubasquero y una especie de
toldillo que lleva la moto, pero las piernas recogen todo el agua, sobre todo
los muslos.
Me comentaron que en el Beni, los animales de la selva le
han perdido el miedo al hombre y se acercan a las poblaciones. Cuando el avión
aterrizaba pude ver un grupo de capibaras paciendo en la hierba de los márgenes
de la pista de aterrizaje sin que el rugido de los motores los espantara.
Hay chiringuitos para comer por doquier pero “poco dotados”. Ayer cené en uno con más presencia pero el menú era a base de pollo: entero, medio, cuarto, alas, tiritas y siempre con papas y arroz. Había una mesa libre y cuando iba por mitad del plato entendí porqué estaba libre; sobre la mesa había un foco que atraía a todo bicho volante que luego caían o fritos o aturdidos sobre mí y la mesa.
En toda la Amazonía el consumo de pollo es abundante porque
es la fuente de proteínas más barata.
El nivel de las aceras sobre la calzada es de treinta o cuarenta
centímetros y entre la calzada y la acera hay un canal de recogida de aguas de
lluvia que hay que sortear de un salto cuando se puede o por rampas hechas de
trecho en trecho. Aún no tengo claro qué es lo más peligroso.





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