En Santa Cruz conocí a la doctora Holland, nombre ficticio porque no me autorizó a publicar el verdadero. Tampoco daré muchos detalles pero puedo decir que es catedrática de Filología comparada en una universidad del norte de Europa. Estuvo veinte años trabajando en el Beni, donde ahora me encuentro, estudiando las lenguas nativas y creando sus gramáticas y diccionarios. Ahora viaja por nostalgia. Está también en Trinidad pues se vino un día antes.
Sus conversaciones eran muy amenas e instructivas. Comentó
que en la última semana de mayo subía desde el sur un viento helado que bajaba
las temperaturas a 20 ó 21 grados y que eso provocaba un frío intenso que
obligaba a abrigarse casi como en el Altiplano. Al día siguiente de mi llegada,
el miércoles, llegó el viento frío, que todavía persiste y que se vive con
intensidad. No tengo ropa para soportarlo largo tiempo y tengo que alternar
entre callejear y refugiarme.
Como le comenté mi interés en visitar comunidades nativas
que mantuvieran sus vestidos y costumbres tradicionales me dijo que eso hace
más de veinte años que desapareció en toda la Amazonía boliviana y que el
proceso de aculturación es imparable y progresivo. Ahora los “nativos” están
intentando recuperar para sus hijos lo que ellos dejaron perder e incluso
reclaman una educación bilingüe, cosa según la doctora, imposible porque no hay
maestros capacitados.
En relación con Brasil me comentó que abandone la idea de
visitar comunidades nativas. La FUNAI es tan exigente con los requisitos que el
proceso administrativo es largo y tedioso y los permisos se dan con
cuentagotas.
No parece pues que me vayan a comer los caníbales.
La mitad de mi equipaje es una mochila de 15 kilos con lo
suficiente para ser autónomo en la selva y ya tengo asumido que la voy a pasear
miles de kilómetros sin llegar a obtener ningún beneficio.
Holland también me comentó que hay un proceso migratorio
paulatino de gente del Altiplano hacia la llanura amazónica, que se dedican
fundamentalmente al pequeño comercio y que están desplazando el modo de vestir
y la cocina tradicional autóctonas. Esto último lo he podido comprobar. Lo de
la ropa es evidente y en cuanto a la comida, en los mercadillos hay también
puestos de comida mayoritariamente regentados por andinos y en los que los
menús son los mismos que se pueden encontrar en La Paz, Oruro, Uyuni o Potosí.
Ayer que caía un agua inmisericorde comí en uno de estos
chiringuitos. Mesa comunal, servicio rápido y reposición de la plaza también
rápida. Son lugares de enriquecimiento del bioma por intercambio. Uno de los
comensales al marcharse se despidió de mí con un “¡Adios profesor!” ¿qué, si no,
hace un gringo (para ellos) en este rincón? En el avión en el que vine desde
Cochabamba, de 174 plazas yo era el único extranjero. No he visto a ningún otro
en tres días que llevo aquí.
Otras veces me han atribuido la condición de profesor
directamente y otras ante la duda me han preguntado si era sacerdote (en Santa
Cruz fue la última). En una ocasión en que volé en avioneta desde el Alto Purús
a Puerto Maldonado, sede de un Vicariato Apostólico, el aeropuerto, pequeño, se
quedó sin personal en cuanto bajamos los dos pasajeros; se fueron los cuatro
que recibieron el vuelo y el otro viajero al que estaban esperando y me quedé
solo en la terminal bastante lejos de la ciudad. Afortunadamente había un
anuncio de una empresa de taxis y logré que me enviaran uno (tenía una SIM
boliviana). El conductor cuando llegó me saludó con un ¡buenos días, padre!,
como no tenía ganas de dar explicaciones lo dejé ahí y él siguió hablando y
preguntándome sobre la situación en Puerto Esperanza y yo le iba respondiendo,
le dije que no tenía hotel y que me llevara a uno con buena relación entre el
servicio y el precio y me llevó a uno que exteriormente no me desagradó y me
dijo: “Ustedes cuando viajan se alojan acá” y solícito metió el equipaje a la
recepción, mientras yo esperaba fuera para abonarle el servicio. Le seguí el
juego y lo despedí con un “¡que el Señor te bendiga!”.
A la mañana siguiente en recepción me recibieron con un ¿ha
descansado, padre? que me obligó a explicarles el malentendido.


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